Opinión

Un comunicador social que se llama Andrés Manuel López Obrador

Por  GERARDO VARGAS LANDEROS

Andrés Manuel López Obrador. Foto Reforma

Andrés Manuel López Obrador. Foto Reforma

Al comenzar el año es diferente el paisaje que se contempla en nuestro país. La gente, en su inmensa mayoría (arriba del 70 por ciento), está conectada con el presidente Andrés Manuel López Obrador y hace caso omiso al estrépito de aquellos medios y redes que exigen soluciones mágicas e instantáneas a problemas que se han generado en décadas y está esperanzada, de buen talante.

El letargo, la abulia y el desencanto quedaron atrás. Y amor con amor se paga, sienten cercano y suyo al presidente. Aquellos conductores de noticias de la pantalla chica, antes profetas y voceros infalibles, perdieron su glamour, ya no pueden dar gato por liebre; carecen de credibilidad, aunque se desgañiten y alcen la ceja, porque el pueblo está informado, politizado, compenetrado de los temas y sus recovecos, “ya le cayó el 20” y no cree las versiones insidiosas que hasta hace poco eran aceptadas como si fueran la verdad revelada.

¡Bien! Te has suscrito a notificaciones

Configura y elige tus preferencias

Con sus conferencias matutinas, Andrés Manuel López Obrador tiene el sartén por el mango y puede deshacer cualquier intriga con el dedo meñique. Ahí tiene al alcance de su mano el llamado “Método Checkers”, que es infalible. En los albores de la televisión funcionó y ahora multiplicó al cubo su eficacia.

Corría el año 1952 y había elección presidencial en Estados Unidos. El general Dwigth Eisenhower, héroe de la 2.da Guerra Mundial, era el candidato republicano y llevaba como vicepresidente a Richard Nixon, al que la prensa le descubrió un desfalco a los fondos de campaña.

Nixon, con el escándalo, era hombre al agua, pero ideó una jugada genial: convocó a una conferencia de prensa en cadena nacional ante las cámaras de televisión, donde aceptó sin atenuantes su falta y habló con el corazón en la mano y con pasmosa humildad de su esposa Pat con su abrigo deshilachado por el uso, de sus hijas Tricia y Julie con sus zapatos y vestidos de baratillo y remató ofreciendo que resarciría el daño monetario ocasionado al partido, vendiendo su modesta casa de California, con muebles y todo. Eso sí, por ningún concepto vendería a su amada mascota: un feo y desmedrado perrito lanudo y de negro pelaje llamado Checkers, que mostró a las cámaras.

Esto conmovió y se echó a la bolsa al pueblo norteamericano, a la nación entera, y al día siguiente tenía ya una popularidad de 70 por ciento, superior a la del propio general Eisenhower, que ya se disponía a quitarlo de la fórmula electoral.

Desde entonces el “Método Checkers” no falla. El presidente Andrés Manuel López Obrador, ante la incipiente rebelión de las universidades por la baja presupuestal, lo aplicó. Le echó humildad, reconoció sin rodeos el error, rectificó y santo remedio.

En contraste al “Método Checkers” está el polo opuesto: el “Método Trump”, que en otras circunstancias es igualmente eficaz, y AMLO lo sabe usar llegado el momento, como lo demostró en dos casos. Uno en ocasión del sainete en el sepelio de Rafael Moreno Valle y su esposa. Otro al describir las dimensiones pavorosas del huachicoleo que causa daños a México del orden de 60 mil millones de pesos anuales.

El insigne y muy simpático Javier Lozano Alarcón se quiso pasar de listo orquestando un abucheo (hay videos) a la secretaria de Gobernación, la doctora Olga Sánchez Cordero, representante presidencial, y no tardó la réplica. El presidente no personalizó, usó el plural al calificar de mezquinos, lacras y neofascistas a las huestes enardecidas. Al día siguiente rectificó y dijo que sentía haberse extralimitado, debió nomás decirles que vivimos tiempos de canallas. ¡Touché!

No te pierdas las últimas noticias

Suscríbete a las notificaciones y entérate de todo